lunes, 18 de mayo de 2015

A obscuras horas de madrugada

Brillaban tenues las velas
A obscuras horas de madrugada,
Temblorosas y temerosas de que noche,
Embebida de sueños y tinieblas,
Devorara en silencio sus llamas.
Era quizás la hora sombría
En que viejas historias se consumen
Junto al fuego mortecino de la hoguera.
Cuentos de espectros y de brujas,
de aullidos de los lobos a la luna
Y de sibilantes camposantos.
Con los fatuos titilantes en la niebla
Y la luz trémula del candil
Sosteniendo el aliento de la velas.
Era aquella hora aciaga
En que los vivos suaves reposan,
En qué los muertos altos caminan.
Quien ni vivo ni muerto
Recorre, farol en mano,
Los recónditos senderos de la noche
Entre el lúgubre bosque de lápidas.
A través del viejo camino,
Oculto a los ojos en tinieblas,
Conjura sombrías fantasmas 
De otras horas y otros tiempos.
¿A quien convoca aquella alma
Atormentada por espectros olvidados?
Brillaban tenues las velas
Entre el sendero de los ataúdes,
Pero nadie acudió a su brillo.
Aquella sombra bruja permanecía
Taciturna y solitaria entre lápidas
A obscuras horas de la madrugada.


lunes, 11 de mayo de 2015

Little Black Riding Hood

-¿Sabes una cosa? No existen los héroes-. Dijo mientras se limpiaba la suciedad bajo las uñas con un cuchillo mellado. -No los héroes vivos-. Añadió con una siniestra media sonrisa en los labios mientras la apuntaba con aquel trozo de metal sin filo. -Lo que hace héroe al asesino es la grandeza con la que muere y la fama que se lleva a la tumba-. Dijo dejándose caer sobre un antiguo y deslustrado sillón.

-Mira a tu alrededor, estamos solos en medio de la nada. Perdidos en una inmensidad de cientos de millas de terrenos boscosos, fría nieve y manadas de lobos que despedazarían tu cuerpo ahora mismo sin dudarlo un sólo instante. Ahí afuera sólo te espera la muerte-. Dijo señalando la puerta de la cabaña con el herrumbroso cuchillo. -Una muerte lenta y fría hasta que tu miserable cadáver destripado por colmillos de lobo se congele entre los malditos árboles-. Apuntó de forma pausada mientras en su rostro se dibujaba una mueca de sadismo lupino. -Aquí sólo estamos tú y yo. Tú sólo eres una pobre y afligida princesita en apuros, lo que me convierte a mí en lo más parecido a un héroe en millas a la redonda-. Clavó el arma afilada en uno de los brazos del viejo sillón en el que se encontraba sentado y soltando una breve risotada se levantó en dirección a la chica atada sobre la silla. Su paso era lento pero decidido y a cada movimiento la madera del suelo crujía con un desagradable gruñido que sonaba a podrido. Paso a paso hasta que se hubo colocado frente a ella de forma tan cercana que podía apreciar su olor a moras silvestres, virginidad temblorosa e inocencia perdida.

Sus ojos se clavaron en los de ella a la vez que colocaba sus enormes manos sobre sus hombros. Eran como zarpas de oso con descoloridas uñas llenas de suciedad. Pero no le importó, estaba concentrada en aquella mirada de bestia salvaje y en las palabras que salían de su boca junto a un apestoso aliento.

-Aquí, dentro de estas cuatro paredes yo seré tu villano y tu héroe; tu dios y tu demonio. Crearé tu propio infierno; especialmente diseñado para que sufras hasta poner tu cuerpo y tu alma al límite, seré tu perfecto demonio. Entonces, cuando no puedas soportar más dolor, me convertiré en tu héroe y te liberaré del sufrimiento a través de la muerte de tu cuerpo.- Dijo casi saboreando cada una de las palabras que pronunciaba. -Pero tu alma... tu alma es mía para siempre.- Añadió entre enfermizas risas justo antes de pasar su lengua por el cuello y parte de su rostro femenino, dejando un sendero de saliva sobre su piel y rematando la hazaña con una mueca de satisfacción lasciva.

-Te equivocaste-. Pronunció ella desafiante, interrumpiendo su discurso y logrando cortar de golpe las risotadas y sus macabros juegos. El rostro de sádica felicidad de él se tornó en amarga ira aderezada con toques de intriga.

-¿Qué quieres decir? ¡Habla!-. Dijo acercando las manos a su cuello como si fuese a estrangularla.

Ella sonrió lacónicamente.

-Estamos tú y yo solos, es cierto. Quizás los héroes no existan tampoco. Pero yo no soy princesa, te has equivocado de cuento-. Según terminó de pronunciar aquellas palabras, le propinó un fuerte cabezazo en la cara logrando partirle el tabique nasal y hacerle retroceder con una nariz chorreando sangre.

-¡Serás puta!-. Gritó él mientras se llevaba las manos a la nueva herida que tenía en el rostro.

Ella aprovecho para zafarse de las ataduras maltrechas que la mantenían retenida en la silla y se lanzó contra él, propinando una sucesión de rápidos golpes que impactaron en su pecho, estómago y riñones y que lograron hacerlo retroceder en dirección al sillón.

-Puta no, pero también jodo por dinero-. Añadió ella a la vez que le propinaba un fuerte puñetazo en la mandíbula.

-¡Te mataré, maldita zorra!-. Gritó haciéndose con el cuchillo mellado que había dejado clavado en el brazo del viejo sillón. Lanzaba puñaladas al aire con el afán de atravesar su cuerpo, pero resultando en un vano gasto de energía. Estocadas y tajos que no impactaban en objetivo alguno, hasta que ella logró atrapar su brazo y agarrándolo por la muñeca lo retorció contra su espalda. Él emitió un profundo grito de dolor y dejo caer el arma blanca que fue atrapada al vuelo por ella, quien soltando su brazo y realizando un movimiento giratorio, logró acuchillar el riñón de aquel hombre. Nuevamente el ambiente quedó inundado por un grito de dolor rabioso y desgarrado. Él apenas tenía fuerzas y soltaba sangre por varios puntos de su cuerpo, por lo que apenas se había convertido en un muñeco de trapo en sus manos.

-Sólo eres una princesita en apuros, pero nada has de temer; yo seré tu héroe y te liberaré del sufrimiento de este mundo-. Dijo ella sacándolo fuera de la cabaña de una patada en el estómago y cerrando tras de sí el portón de madera. El aullido de los lobos comenzaba a acercarse a través del helado viento y el olor de la sangre que emanaba de sus heridas atraía a las bestias como si fuese un dulce caramelo.

-Por el amor de Dios, ¡No me dejes aquí fuera! Déjame entrar, ¡Mátame! Pero no me dejes aquí fuera-. Suplicaba inútilmente entre lloriqueos de pánico y dolor mientras arañaba con sus sucias uñas la puerta. La sangre comenzaba a formar un pequeño charco sobre la nieve de la entrada, mientras que las huellas ensangrentadas de sus manos tintaban la puerta de entrada. Estaba solo y era un festín para las criaturas de los bosques que empezaban a agolparse a su alrededor. -Por lo más sagrado que exista, ¡Déjame entrar!-.

-Lo siento, pero no puedo ayudarte, no existen los héroes-. Sentenció ella desde el otro lado de ese portón de madera que separaba el mundo de los vivos y aquel infierno de aullidos helados.


jueves, 7 de mayo de 2015

Solo Oscuridad.

La maldición llegó a mí una fría noche de otoño, ocultando con su manto el pálido brillo de la Luna. En forma de sensual abrazo me envolvió la oscuridad, apenas un chasquido de sus dedos, un crujido de mis huesos... y morí. Recuerdo mi cuerpo inerte desplomado sobre el suelo de mi cuarto. Permanecía allí inmóvil, sintiendo el paso de décadas completas frente a mis ojos apagados. Y sin embargo tan sólo una noche sucedió hasta el amanecer. Escuchaba el aletargado susurro de la Muerte cantando canciones de cuna en mi oído. Los ritmos fúnebres de mi propio entierro me invitaban a adentrarme en las profundidades del infierno, pero no había alma capaz de embarcarse al otro mundo. Aquel día Caronte no obtuvo su pago, mi cuerpo yació bajo la húmeda tierra del cementerio y mi alma fue desgarrada en mil pedazos y devorada por una bestia salvaje.

No había luz al final del túnel, sólo oscuridad. Fui consciente de la nada más absoluta y de cómo la negrura ocupaba la dimensión infinita de mi mundo. Quizás el Infierno fuese aquel perpetuo baldío de tinieblas sin fin. Estar muerto es caer en la nada, desaparecer. Sentí miedo, nostalgia después y tras esto, sólo ira. Una ira voraz y sanguinaria contra la vida, contra la muerte, contra Dios y contra el vil Demonio que había ingeniado semejante tortura. Al final todos mis sentimientos se apagaron, todos salvo uno: Un hambre voraz, un deseo profano que no podía satisfacer en aquel limbo tortuoso. Aquel instinto sólo fue el principio, después un crujido de la madera rompió el silencio. El rumor de la tierra en la noche y finalmente el renacimiento de un alma condenada a vagar bajo la eterna Luna de su inmoralidad blasfema.

Mi corazón ya no latía al ritmo de la vida; no sentía alegría, ni desdicha. Sólo el profundo vacío del eterno abismo; un demonio interno hambriento e insaciable. El precio a pagar por la eternidad fue extremadamente elevado: La soledad inmortal. No habría un dios que me protegiese en la oscuridad, no habría calor ni luz que guiasen mi camino, no habría quien sostuviera mi mano en la no vida. Sólo vacío. No vivo, muero, sólo cazo. Como un depredador del Inframundo. ¿Qué soy? Nada. Polvo. Un cadáver. Soy colmillos en la oscuridad. Soy alas en la noche. Soy el consuelo de necios. Estoy muerta y tengo hambre.


sábado, 2 de mayo de 2015

¡Bang, Bang!

El arma se encontraba descargada sobre el mostrador.
-Dos tiros con este calibre, ¡Bang, bang! Y no le habrá dado tiempo ni a redactar su jodido testamento-. Dijo sonriendo de forma sádica a la vez que sostenía una bala entre sus dedos índice y pulgar.
-¿Dos? ¿No tiene algo que mate de un solo disparo?-.
-Bueno, eso ya depende de su puntería... y de la distancia. A menos de veinte metros esta maravilla fabricará un bonito cadáver con un maloliente agujero nuevo-. Guiñó un ojo mientras mantenía esa perturbadora sonrisa.
Cogió el arma lentamente, como si el tiempo no existiese. De igual forma retiró la bala de manos del vendedor y la introdujo en el cargador de tambor del arma ante la malsana sonrisa del comerciante. Cerró el cargador y con un movimiento corto pero intenso hizo girar la ruleta de metal dentro del arma.
-¿Y a quemarropa? Directo, entre los ojos, ¿Qué haría?-. Dijo colocando el cañón sobre la sudorosa frente del ahora no tan sonriente armero.
-Supongo que...-. Tragó saliva. -Supongo que no me gustaría ser el tipo al que le tocase recoger ese estropicio-. Su sonrisa se volvió apretada y tímida, casi como un vago tartamudeo.
¡Click! Apretó el gatillo disparando nada, silencio y miedo por aquel revolver.
-Me gusta. ¿Puede envolverla para regalo?-. Dijo vaciando el cargador en su mano y entregando el arma.
-S... si, si, por supuesto. ¿De... desea algo más el caballero?-. De pronto sus modales se volvieron terriblemente educados.
-No gracias-. Dijo a la vez que tomaba el arma y entregaba a cambio el dinero. -A no ser que haya cambiado de parecer en aquello en lo de recoger estropicios-. Añadió.
-¿Perdón?-. Su sonrisa ya se mostraba enormemente forzada.
-Nada, olvídelo, sólo era una broma-.Dijo dirigiéndose hacia la salida. -Por cierto, ¿Sabe dónde puedo contratar un buen servicio de limpieza?-. Sonrió desde la puerta.
-Eh...-. El dependiente permaneció con una extraña mueca de temor y desconfianza.
-No se preocupe, gracias por todo-. Colocó sus dedos simulando una pistola -¡Bang, bang! Ya nos veremos-. Y se marchó con una nueva sonrisa con la campanilla de la puerta sonando tras de sí.



lunes, 27 de abril de 2015

Tú, Yo y el Infierno

-Si hubieses hecho lo que te dije, ahora no tendríamos este problema. Pero no, no me hizo caso; y ahora estamos jodidos, realmente jodidos-. Dijo mordiéndose la uñas de forma irresistiblemente nerviosa.
*No eres tu quien da las órdenes aquí.*
-¿Que problema, Walter? Cuénteme, por favor-.
*¿Y por qué sigues escuchando al señor "batablanca"?*
-Oh, no se preocupe doctor, no me refería a usted. Es sólo que... bueno, lo siento por el desastre-. Dijo mostrando una sonrisa forzada.
-¿A quien se refiere, Walter? ¿Qué desastre es este? No tema, puede confiar en mi-.
-A Víctor, por supuesto. Él esta, bueno...-. Dijo bajando la mirada.
-Interesante, ¿Quien es Víctor?
*Cierra la puta boca, Walter. No hables más. No digas más. ¡No menciones los jodidos cadáveres!*
-Sí... los cadáveres-. Murmuró.
-¿Cadáveres, Walter?-.
*Sí, cadáveres. Tres malditos cadáveres! Cuatro cuando acabe contigo.*
-¡Cállate!-. Dijo llevándose las manos a la cabeza y actuando de forma agresiva.
-¿Qué me calle? Walter, ¿Se ha tomado la medicación diaria?-.
-Oh no, doctor, lo siento, no me refería a usted-. Se iba poniendo nervioso por momentos.
*Eres un jodido loco, piensa que eres un jodido loco, Walter. ¿No te das cuenta?*
-Lo siento, Walter, pero creo que será mejor ponerle un sedante y continuar más tarde-.
*No puedes permitirlo, Walter. ¿Vas a dejar que te encierren de nuevo?*
-¡No, otra vez no!-. Dijo alterado.
-Lo Siento, Walter, es por su bien. Llamaremos al enfermero para que le administre el sedante-.
*Acaba con él, Walter. Te drogará y te encerrará como a un loco. No puedes permitirlo, ¡Mátalo!*
-No... no quiero-.
-Es por su bien, Walter. Después de esto se sentirá un poco mejor-. Se giró hacia la puerta buscando con la mirada al enfermero.
*Ahora Walter. Acaba con él ahora. ¡Parte el cuello a ese cabrón!*
-No quiero volver a hacerlo, yo...-.
Hazlo, puto inepto, o acabo yo contigo.
-Tranquilo, Walter enseg...-.
Un par de segundos más tarde el crujido seco y desagradable rompió la conversación.
*Muy bien, Walter. Encarguémonos de los cadáveres antes de que llegue el enfermero. No nos volverán a atrapar. Te lo prometo, Walter.*
Y se quedaron allí, en aquella sala de esterilizado color blanco impoluto. Walter, el infierno, un psiquiatra muerto y sólo dios sabe cuantos cadáveres imaginarios más.


jueves, 23 de abril de 2015

Alma de Caballero.

Este año no hubo suerte en el concurso del Día del Libro en la Universidad, no siempre los dioses de la literatura pueden estar conmigo. Pero aunque no haya ganado, al menos he participado con un relato que resume bastante bien mi idea de Castilla. Lejos de glorias pasadas, de historias de reyes y de conquistadores, el alma castellana siempre me resulto terriblemente melancólica. Pero no una melancolía amarga, sino dulce y romántica. Y no hay mayor romántico en esta tierra que el gran Don Quijote; ese soñador empedernido con el que tantas cosas tengo en común. Aquí pues tenéis el relato (no ganador) de este certamen:


Alma de Caballero.

"Siempre soñé con ser caballero andante y que el polvo del camino ensuciase mi capa. ¿Acaso un caballero de brillante armadura no es un hombre que jamás puso a prueba su espíritu? Yo quise levantarme en armas contra el mundo; imaginé que emprendía un viaje, como diría el poeta, una tarde parda y fría de invierno. Bajo la tormenta combatiría a Briareo y sus secuaces, eternamente, mientras el sol guiase mis pasos y aun tuviese aliento para mantenerme en pie. Mataría dragones, rescataría damas y pelearía por el amor verdadero. ¿Acaso se puede hallar más noble ideal que defender el auténtico amor? Todo aquello imaginaba para evadirme de la monotonía de la lluvia tras los cristales. Pero siempre hubo algo sombrío en mi alma castellana. La melancolía y la resignación a una triste verdad: Que no importa cuán alto se alce el acero, pues en este mundo los gigantes siempre acabarían triunfando. Y que no había más opción que aceptar el fracaso o convertirse en un fiero dragón. En ese mismo momento, mientras tronaba el maestro con su timbre sonoro y hueco, yo había tomado una decisión; había elegido mi camino. ¿Hacia dónde nos dirigimos? Me pregunté entonces. Y es ahora, en mi lecho de muerte, cuando con una sonrisa hallo la respuesta. Aquel era un camino hacia lo más profundo de mi alma; hacia el valiente sueño de un niño dispuesto a todo con tal de rendir unos viejos molinos y de conquistar el amor verdadero."


sábado, 18 de abril de 2015

La Curiosidad Mató al Gato

Aparecía con el primer brillo del amanecer, siempre; meditabundo, triste y curioso. Aparecía con sus ojeras de erudito trasnochado, con su melancolía de papel y tinta y con su curiosidad de gato que no teme a la muerte. Pero él sí temía a la muerte: Se sentaba allí, sobre la roca fría frente al árbol marchito. Se paraba a contemplar cómo el viento mecía ambas sogas; una llena de muerte, otra vacía de ella. Y sentía curiosidad y miedo.

-Vamos, háblame, ¿Cómo es estar muerto? ¿Qué hay al otro lado?-. Día tras día planteaba la misma pregunta y día tras día obtenía la misma respuesta; el suave balanceo del cadáver colgado de la rama.

No podía asegurar si eran sus labios quienes formulaban la pregunta o si quizás fuese su espíritu, ese en el que no creía, el que se atrevía a romper el silencio. No creía en dioses ni demonios, sin embargo estaba siendo devorado por un infierno de incertidumbre y angustia que lo impulsaba a conversar con un cadáver. «Desde luego, si Dios existe, tiene un peculiar y retorcido humor negro», pensó.

-Verás, yo nunca he sido un hombre religioso, eso bien lo sabes tú. Y, ¡Qué diablos! Me aterra desaparecer en la nada, perderme en la oscuridad. Siempre fuiste mi amigo, no había secretos entre nosotros, ¿Por qué ahora guardas silencio? ¿Cuéntame que se esconde tras este último viaje?-. Decía mientras clavaba su mirada en las cuencas vacías del colgado. -Dime que hay un Infierno al otro lado; dime que ahora eres un recién nacido dentro de los brazos de su madre; ¡Dime que no voy a desaparecer en la inmensidad de algo que desconozco! Dime...-. Clamaba casi implorándole a ese Dios que creía inexistente.

Pero no hubo respuesta. No se manifestó Dios alguno a través de una zarza ardiente; no descendieron ángeles celestiales para entregar ninguna buena nueva; no apareció el demonio para sellar un pacto con un beso y treinta monedas de plata. Sólo el silbido del viento y el balanceo de las sogas que como tentadoras serpientes resultaban hipnotizantes en la vida y seductoras en la muerte.

-¡Maldición! Está claro que en esta vida, ni vivos ni muertos; ni dioses o demonios, harán nada que no haga nadie por sí mismo-. Y continuó maldiciendo y refunfuñando mientras trepaba por el tronco del difunto árbol hasta alcanzar la rama que poseía la soga sin dueño. Y agustándosela al cuello como una última corbata, se sentó sobre la rama que habría de sostener su peso muerto. -Tiene gracia, ahora entiendo aquello de "la curiosidad mató al gato"-. Soltó un par de maníacas carcajadas de terror absoluto y de pronto un golpe seco y sordo sacudió todo el ramaje del centenario y cadavérico árbol.

Sin último deseo, sin corona de flores. No había viuda ni plañideras; ni testamento, albacea o sepulcro. Tan sólo un epitafio nunca escrito: «Aquí yace quien fue arrastrado por el miedo y muerto por la curiosidad».