Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relatos. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de mayo de 2015

Recuerdo Infantil

El era un niño cuando la conoció. Pero era capaz de recordarla como si la estuviera viendo. Ella tenía una preciosa melena de cobre, rizado, suave, sedosa, los ojos grandes, azules, con pestañas rizadas, la nariz pequeña, preciosas pecas, los labios carnosos, la piel dorada. Aún recordaba como ambos jugaban juntos a la sombra de aquellos árboles cuyos nombres nunca había sido capaz de memorizar. El sol del otoño apenas alcanzaba a tostar sus pálidas pieles y los suaves vientos arremolinaban la hojarasca seca como un preludio del invierno venidero. Apenas presentían la sombra de la podredumbre que sobre ellos se cernía y tampoco hicieron caso a los funestos graznidos de los cuervos, siempre señales de malos augurios. Aunque estos se cumpliesen quince años después.

Ahora que el ansia devoradora de las llamas se reflejaba en sus pupilas todos los recuerdos de tiempos felices se agolpaban junto a las puertas de su memoria. Casi parecía como si también quisiesen arder junto a su alma en la gran hoguera purificadora. No había descanso en aquel lugar para el pecado, aún cuando el demonio había logrado anidar en los corazones de sus vecinos y de... su amada. Como una maraña de espinas, aquel vasto y oscuro poder había desgarrado todo lo luminoso que había en lo poco que ella mantenía de su espíritu. O al menos aquello era lo que les era lícito creer.

Él era ahora un hombre de Dios. Quizás nunca hubo nacido para tal cometido, pero las vicisitudes del destino lo habían colocado en aquella incomoda y traicionera posición. Su deber era acabar con el pecado allá donde se manifestase y bajo cualquier forma que adoptase. Incluso cuando tomase la apariencia del amor inocente. Sabía que aquella ya no era la mujer de la que una vez estuvo enamorado, sabía que no era la niña con la que tiempo atrás jugaba bajo los arboles de nombre desconocido. Lo sabía, su alma desconfiaba, su cerebro vacilaba, pero si fe le mantenía firme en aquella creencia.

"Ego te absolvo in nomine patris et filio et espiritui sancto". Pronunció mientras su mano realizaba un tembloroso gesto en forma de cruz, a la vez que una tímida y vergonzosa lágrima brotaba de sus ojos y resbalaba por su mejilla. En aquella santa tierra, ahora infestada y corrompida por la semilla del mal, no había lugar para la piedad, ni para la misericordia. La luz de Dios no osaba penetrar donde la mano del diablo había cultivado su mal. Y el hombre, el nacido del pecado, debía dictar sentencia y ejecutar la pena que erradicara la vileza de raíz. No, en aquella tierra no había compasión. Ni siquiera para los corazones que una vez compartieron destino. Ni siquiera para quienes una vez se juraron amor eterno.


lunes, 11 de mayo de 2015

Little Black Riding Hood

-¿Sabes una cosa? No existen los héroes-. Dijo mientras se limpiaba la suciedad bajo las uñas con un cuchillo mellado. -No los héroes vivos-. Añadió con una siniestra media sonrisa en los labios mientras la apuntaba con aquel trozo de metal sin filo. -Lo que hace héroe al asesino es la grandeza con la que muere y la fama que se lleva a la tumba-. Dijo dejándose caer sobre un antiguo y deslustrado sillón.

-Mira a tu alrededor, estamos solos en medio de la nada. Perdidos en una inmensidad de cientos de millas de terrenos boscosos, fría nieve y manadas de lobos que despedazarían tu cuerpo ahora mismo sin dudarlo un sólo instante. Ahí afuera sólo te espera la muerte-. Dijo señalando la puerta de la cabaña con el herrumbroso cuchillo. -Una muerte lenta y fría hasta que tu miserable cadáver destripado por colmillos de lobo se congele entre los malditos árboles-. Apuntó de forma pausada mientras en su rostro se dibujaba una mueca de sadismo lupino. -Aquí sólo estamos tú y yo. Tú sólo eres una pobre y afligida princesita en apuros, lo que me convierte a mí en lo más parecido a un héroe en millas a la redonda-. Clavó el arma afilada en uno de los brazos del viejo sillón en el que se encontraba sentado y soltando una breve risotada se levantó en dirección a la chica atada sobre la silla. Su paso era lento pero decidido y a cada movimiento la madera del suelo crujía con un desagradable gruñido que sonaba a podrido. Paso a paso hasta que se hubo colocado frente a ella de forma tan cercana que podía apreciar su olor a moras silvestres, virginidad temblorosa e inocencia perdida.

Sus ojos se clavaron en los de ella a la vez que colocaba sus enormes manos sobre sus hombros. Eran como zarpas de oso con descoloridas uñas llenas de suciedad. Pero no le importó, estaba concentrada en aquella mirada de bestia salvaje y en las palabras que salían de su boca junto a un apestoso aliento.

-Aquí, dentro de estas cuatro paredes yo seré tu villano y tu héroe; tu dios y tu demonio. Crearé tu propio infierno; especialmente diseñado para que sufras hasta poner tu cuerpo y tu alma al límite, seré tu perfecto demonio. Entonces, cuando no puedas soportar más dolor, me convertiré en tu héroe y te liberaré del sufrimiento a través de la muerte de tu cuerpo.- Dijo casi saboreando cada una de las palabras que pronunciaba. -Pero tu alma... tu alma es mía para siempre.- Añadió entre enfermizas risas justo antes de pasar su lengua por el cuello y parte de su rostro femenino, dejando un sendero de saliva sobre su piel y rematando la hazaña con una mueca de satisfacción lasciva.

-Te equivocaste-. Pronunció ella desafiante, interrumpiendo su discurso y logrando cortar de golpe las risotadas y sus macabros juegos. El rostro de sádica felicidad de él se tornó en amarga ira aderezada con toques de intriga.

-¿Qué quieres decir? ¡Habla!-. Dijo acercando las manos a su cuello como si fuese a estrangularla.

Ella sonrió lacónicamente.

-Estamos tú y yo solos, es cierto. Quizás los héroes no existan tampoco. Pero yo no soy princesa, te has equivocado de cuento-. Según terminó de pronunciar aquellas palabras, le propinó un fuerte cabezazo en la cara logrando partirle el tabique nasal y hacerle retroceder con una nariz chorreando sangre.

-¡Serás puta!-. Gritó él mientras se llevaba las manos a la nueva herida que tenía en el rostro.

Ella aprovecho para zafarse de las ataduras maltrechas que la mantenían retenida en la silla y se lanzó contra él, propinando una sucesión de rápidos golpes que impactaron en su pecho, estómago y riñones y que lograron hacerlo retroceder en dirección al sillón.

-Puta no, pero también jodo por dinero-. Añadió ella a la vez que le propinaba un fuerte puñetazo en la mandíbula.

-¡Te mataré, maldita zorra!-. Gritó haciéndose con el cuchillo mellado que había dejado clavado en el brazo del viejo sillón. Lanzaba puñaladas al aire con el afán de atravesar su cuerpo, pero resultando en un vano gasto de energía. Estocadas y tajos que no impactaban en objetivo alguno, hasta que ella logró atrapar su brazo y agarrándolo por la muñeca lo retorció contra su espalda. Él emitió un profundo grito de dolor y dejo caer el arma blanca que fue atrapada al vuelo por ella, quien soltando su brazo y realizando un movimiento giratorio, logró acuchillar el riñón de aquel hombre. Nuevamente el ambiente quedó inundado por un grito de dolor rabioso y desgarrado. Él apenas tenía fuerzas y soltaba sangre por varios puntos de su cuerpo, por lo que apenas se había convertido en un muñeco de trapo en sus manos.

-Sólo eres una princesita en apuros, pero nada has de temer; yo seré tu héroe y te liberaré del sufrimiento de este mundo-. Dijo ella sacándolo fuera de la cabaña de una patada en el estómago y cerrando tras de sí el portón de madera. El aullido de los lobos comenzaba a acercarse a través del helado viento y el olor de la sangre que emanaba de sus heridas atraía a las bestias como si fuese un dulce caramelo.

-Por el amor de Dios, ¡No me dejes aquí fuera! Déjame entrar, ¡Mátame! Pero no me dejes aquí fuera-. Suplicaba inútilmente entre lloriqueos de pánico y dolor mientras arañaba con sus sucias uñas la puerta. La sangre comenzaba a formar un pequeño charco sobre la nieve de la entrada, mientras que las huellas ensangrentadas de sus manos tintaban la puerta de entrada. Estaba solo y era un festín para las criaturas de los bosques que empezaban a agolparse a su alrededor. -Por lo más sagrado que exista, ¡Déjame entrar!-.

-Lo siento, pero no puedo ayudarte, no existen los héroes-. Sentenció ella desde el otro lado de ese portón de madera que separaba el mundo de los vivos y aquel infierno de aullidos helados.


jueves, 7 de mayo de 2015

Solo Oscuridad.

La maldición llegó a mí una fría noche de otoño, ocultando con su manto el pálido brillo de la Luna. En forma de sensual abrazo me envolvió la oscuridad, apenas un chasquido de sus dedos, un crujido de mis huesos... y morí. Recuerdo mi cuerpo inerte desplomado sobre el suelo de mi cuarto. Permanecía allí inmóvil, sintiendo el paso de décadas completas frente a mis ojos apagados. Y sin embargo tan sólo una noche sucedió hasta el amanecer. Escuchaba el aletargado susurro de la Muerte cantando canciones de cuna en mi oído. Los ritmos fúnebres de mi propio entierro me invitaban a adentrarme en las profundidades del infierno, pero no había alma capaz de embarcarse al otro mundo. Aquel día Caronte no obtuvo su pago, mi cuerpo yació bajo la húmeda tierra del cementerio y mi alma fue desgarrada en mil pedazos y devorada por una bestia salvaje.

No había luz al final del túnel, sólo oscuridad. Fui consciente de la nada más absoluta y de cómo la negrura ocupaba la dimensión infinita de mi mundo. Quizás el Infierno fuese aquel perpetuo baldío de tinieblas sin fin. Estar muerto es caer en la nada, desaparecer. Sentí miedo, nostalgia después y tras esto, sólo ira. Una ira voraz y sanguinaria contra la vida, contra la muerte, contra Dios y contra el vil Demonio que había ingeniado semejante tortura. Al final todos mis sentimientos se apagaron, todos salvo uno: Un hambre voraz, un deseo profano que no podía satisfacer en aquel limbo tortuoso. Aquel instinto sólo fue el principio, después un crujido de la madera rompió el silencio. El rumor de la tierra en la noche y finalmente el renacimiento de un alma condenada a vagar bajo la eterna Luna de su inmoralidad blasfema.

Mi corazón ya no latía al ritmo de la vida; no sentía alegría, ni desdicha. Sólo el profundo vacío del eterno abismo; un demonio interno hambriento e insaciable. El precio a pagar por la eternidad fue extremadamente elevado: La soledad inmortal. No habría un dios que me protegiese en la oscuridad, no habría calor ni luz que guiasen mi camino, no habría quien sostuviera mi mano en la no vida. Sólo vacío. No vivo, muero, sólo cazo. Como un depredador del Inframundo. ¿Qué soy? Nada. Polvo. Un cadáver. Soy colmillos en la oscuridad. Soy alas en la noche. Soy el consuelo de necios. Estoy muerta y tengo hambre.


sábado, 2 de mayo de 2015

¡Bang, Bang!

El arma se encontraba descargada sobre el mostrador.
-Dos tiros con este calibre, ¡Bang, bang! Y no le habrá dado tiempo ni a redactar su jodido testamento-. Dijo sonriendo de forma sádica a la vez que sostenía una bala entre sus dedos índice y pulgar.
-¿Dos? ¿No tiene algo que mate de un solo disparo?-.
-Bueno, eso ya depende de su puntería... y de la distancia. A menos de veinte metros esta maravilla fabricará un bonito cadáver con un maloliente agujero nuevo-. Guiñó un ojo mientras mantenía esa perturbadora sonrisa.
Cogió el arma lentamente, como si el tiempo no existiese. De igual forma retiró la bala de manos del vendedor y la introdujo en el cargador de tambor del arma ante la malsana sonrisa del comerciante. Cerró el cargador y con un movimiento corto pero intenso hizo girar la ruleta de metal dentro del arma.
-¿Y a quemarropa? Directo, entre los ojos, ¿Qué haría?-. Dijo colocando el cañón sobre la sudorosa frente del ahora no tan sonriente armero.
-Supongo que...-. Tragó saliva. -Supongo que no me gustaría ser el tipo al que le tocase recoger ese estropicio-. Su sonrisa se volvió apretada y tímida, casi como un vago tartamudeo.
¡Click! Apretó el gatillo disparando nada, silencio y miedo por aquel revolver.
-Me gusta. ¿Puede envolverla para regalo?-. Dijo vaciando el cargador en su mano y entregando el arma.
-S... si, si, por supuesto. ¿De... desea algo más el caballero?-. De pronto sus modales se volvieron terriblemente educados.
-No gracias-. Dijo a la vez que tomaba el arma y entregaba a cambio el dinero. -A no ser que haya cambiado de parecer en aquello en lo de recoger estropicios-. Añadió.
-¿Perdón?-. Su sonrisa ya se mostraba enormemente forzada.
-Nada, olvídelo, sólo era una broma-.Dijo dirigiéndose hacia la salida. -Por cierto, ¿Sabe dónde puedo contratar un buen servicio de limpieza?-. Sonrió desde la puerta.
-Eh...-. El dependiente permaneció con una extraña mueca de temor y desconfianza.
-No se preocupe, gracias por todo-. Colocó sus dedos simulando una pistola -¡Bang, bang! Ya nos veremos-. Y se marchó con una nueva sonrisa con la campanilla de la puerta sonando tras de sí.



lunes, 27 de abril de 2015

Tú, Yo y el Infierno

-Si hubieses hecho lo que te dije, ahora no tendríamos este problema. Pero no, no me hizo caso; y ahora estamos jodidos, realmente jodidos-. Dijo mordiéndose la uñas de forma irresistiblemente nerviosa.
*No eres tu quien da las órdenes aquí.*
-¿Que problema, Walter? Cuénteme, por favor-.
*¿Y por qué sigues escuchando al señor "batablanca"?*
-Oh, no se preocupe doctor, no me refería a usted. Es sólo que... bueno, lo siento por el desastre-. Dijo mostrando una sonrisa forzada.
-¿A quien se refiere, Walter? ¿Qué desastre es este? No tema, puede confiar en mi-.
-A Víctor, por supuesto. Él esta, bueno...-. Dijo bajando la mirada.
-Interesante, ¿Quien es Víctor?
*Cierra la puta boca, Walter. No hables más. No digas más. ¡No menciones los jodidos cadáveres!*
-Sí... los cadáveres-. Murmuró.
-¿Cadáveres, Walter?-.
*Sí, cadáveres. Tres malditos cadáveres! Cuatro cuando acabe contigo.*
-¡Cállate!-. Dijo llevándose las manos a la cabeza y actuando de forma agresiva.
-¿Qué me calle? Walter, ¿Se ha tomado la medicación diaria?-.
-Oh no, doctor, lo siento, no me refería a usted-. Se iba poniendo nervioso por momentos.
*Eres un jodido loco, piensa que eres un jodido loco, Walter. ¿No te das cuenta?*
-Lo siento, Walter, pero creo que será mejor ponerle un sedante y continuar más tarde-.
*No puedes permitirlo, Walter. ¿Vas a dejar que te encierren de nuevo?*
-¡No, otra vez no!-. Dijo alterado.
-Lo Siento, Walter, es por su bien. Llamaremos al enfermero para que le administre el sedante-.
*Acaba con él, Walter. Te drogará y te encerrará como a un loco. No puedes permitirlo, ¡Mátalo!*
-No... no quiero-.
-Es por su bien, Walter. Después de esto se sentirá un poco mejor-. Se giró hacia la puerta buscando con la mirada al enfermero.
*Ahora Walter. Acaba con él ahora. ¡Parte el cuello a ese cabrón!*
-No quiero volver a hacerlo, yo...-.
Hazlo, puto inepto, o acabo yo contigo.
-Tranquilo, Walter enseg...-.
Un par de segundos más tarde el crujido seco y desagradable rompió la conversación.
*Muy bien, Walter. Encarguémonos de los cadáveres antes de que llegue el enfermero. No nos volverán a atrapar. Te lo prometo, Walter.*
Y se quedaron allí, en aquella sala de esterilizado color blanco impoluto. Walter, el infierno, un psiquiatra muerto y sólo dios sabe cuantos cadáveres imaginarios más.


jueves, 23 de abril de 2015

Alma de Caballero.

Este año no hubo suerte en el concurso del Día del Libro en la Universidad, no siempre los dioses de la literatura pueden estar conmigo. Pero aunque no haya ganado, al menos he participado con un relato que resume bastante bien mi idea de Castilla. Lejos de glorias pasadas, de historias de reyes y de conquistadores, el alma castellana siempre me resulto terriblemente melancólica. Pero no una melancolía amarga, sino dulce y romántica. Y no hay mayor romántico en esta tierra que el gran Don Quijote; ese soñador empedernido con el que tantas cosas tengo en común. Aquí pues tenéis el relato (no ganador) de este certamen:


Alma de Caballero.

"Siempre soñé con ser caballero andante y que el polvo del camino ensuciase mi capa. ¿Acaso un caballero de brillante armadura no es un hombre que jamás puso a prueba su espíritu? Yo quise levantarme en armas contra el mundo; imaginé que emprendía un viaje, como diría el poeta, una tarde parda y fría de invierno. Bajo la tormenta combatiría a Briareo y sus secuaces, eternamente, mientras el sol guiase mis pasos y aun tuviese aliento para mantenerme en pie. Mataría dragones, rescataría damas y pelearía por el amor verdadero. ¿Acaso se puede hallar más noble ideal que defender el auténtico amor? Todo aquello imaginaba para evadirme de la monotonía de la lluvia tras los cristales. Pero siempre hubo algo sombrío en mi alma castellana. La melancolía y la resignación a una triste verdad: Que no importa cuán alto se alce el acero, pues en este mundo los gigantes siempre acabarían triunfando. Y que no había más opción que aceptar el fracaso o convertirse en un fiero dragón. En ese mismo momento, mientras tronaba el maestro con su timbre sonoro y hueco, yo había tomado una decisión; había elegido mi camino. ¿Hacia dónde nos dirigimos? Me pregunté entonces. Y es ahora, en mi lecho de muerte, cuando con una sonrisa hallo la respuesta. Aquel era un camino hacia lo más profundo de mi alma; hacia el valiente sueño de un niño dispuesto a todo con tal de rendir unos viejos molinos y de conquistar el amor verdadero."


sábado, 18 de abril de 2015

La Curiosidad Mató al Gato

Aparecía con el primer brillo del amanecer, siempre; meditabundo, triste y curioso. Aparecía con sus ojeras de erudito trasnochado, con su melancolía de papel y tinta y con su curiosidad de gato que no teme a la muerte. Pero él sí temía a la muerte: Se sentaba allí, sobre la roca fría frente al árbol marchito. Se paraba a contemplar cómo el viento mecía ambas sogas; una llena de muerte, otra vacía de ella. Y sentía curiosidad y miedo.

-Vamos, háblame, ¿Cómo es estar muerto? ¿Qué hay al otro lado?-. Día tras día planteaba la misma pregunta y día tras día obtenía la misma respuesta; el suave balanceo del cadáver colgado de la rama.

No podía asegurar si eran sus labios quienes formulaban la pregunta o si quizás fuese su espíritu, ese en el que no creía, el que se atrevía a romper el silencio. No creía en dioses ni demonios, sin embargo estaba siendo devorado por un infierno de incertidumbre y angustia que lo impulsaba a conversar con un cadáver. «Desde luego, si Dios existe, tiene un peculiar y retorcido humor negro», pensó.

-Verás, yo nunca he sido un hombre religioso, eso bien lo sabes tú. Y, ¡Qué diablos! Me aterra desaparecer en la nada, perderme en la oscuridad. Siempre fuiste mi amigo, no había secretos entre nosotros, ¿Por qué ahora guardas silencio? ¿Cuéntame que se esconde tras este último viaje?-. Decía mientras clavaba su mirada en las cuencas vacías del colgado. -Dime que hay un Infierno al otro lado; dime que ahora eres un recién nacido dentro de los brazos de su madre; ¡Dime que no voy a desaparecer en la inmensidad de algo que desconozco! Dime...-. Clamaba casi implorándole a ese Dios que creía inexistente.

Pero no hubo respuesta. No se manifestó Dios alguno a través de una zarza ardiente; no descendieron ángeles celestiales para entregar ninguna buena nueva; no apareció el demonio para sellar un pacto con un beso y treinta monedas de plata. Sólo el silbido del viento y el balanceo de las sogas que como tentadoras serpientes resultaban hipnotizantes en la vida y seductoras en la muerte.

-¡Maldición! Está claro que en esta vida, ni vivos ni muertos; ni dioses o demonios, harán nada que no haga nadie por sí mismo-. Y continuó maldiciendo y refunfuñando mientras trepaba por el tronco del difunto árbol hasta alcanzar la rama que poseía la soga sin dueño. Y agustándosela al cuello como una última corbata, se sentó sobre la rama que habría de sostener su peso muerto. -Tiene gracia, ahora entiendo aquello de "la curiosidad mató al gato"-. Soltó un par de maníacas carcajadas de terror absoluto y de pronto un golpe seco y sordo sacudió todo el ramaje del centenario y cadavérico árbol.

Sin último deseo, sin corona de flores. No había viuda ni plañideras; ni testamento, albacea o sepulcro. Tan sólo un epitafio nunca escrito: «Aquí yace quien fue arrastrado por el miedo y muerto por la curiosidad».




martes, 14 de abril de 2015

Recuerdo de Diciembre.

Recuerdo la fría nieve de Diciembre, con su albina pureza profanada por el calor de la sangre. Los desgarradores gritos que se perdían en la inmensidad de la noche y las altas columnas de fuego elevándose desafiantes contra los demonios de la oscuridad. Recuerdo el olor de la carne quemada y el ferroso aroma que desprendían los cuerpos, una balada triste de sensaciones olfativas que me hizo vomitar. Entre las humaredas de las llamas vislumbré la cruz, poderosa e infame, como la hoz que se erige para segar las vidas de los blasfemos y los pecadores. Palabras como pecado, expiación y penitencia penetraron en nuestro vocabulario con la misma frialdad con la que una espada atraviesa carne y huesos para clavarse profunda en el corazón. Recuerdo que los viejos dioses nos abandonaron, no con una mueca de tristeza, sino con la vana sonrisa de quien se ha rendido al acero enemigo. Hablaban de piedad y redención, pero no hubo piedad aquella noche y la única redención posible fue la aceptación de la muerte. Allí murió el último reducto de libertad, mutilada, como cuervo al que se le han arrancado las alas. Después de aquello la nieve no volvió a ser pura, ni el viento volvió a mecer las hojas de los árboles. La tierra se volvió yerma y el tiempo de los dioses y los héroes dio paso a la era del martirio, la vergüenza y la melancolía.

Lo recuerdo como un sueño; una vívida pesadilla que acude a mi mente todas las noches. En esa hora infame en la que las brujas cabalgan sus escobas, yo me debato entre ensoñación y vigilia; entre los restos del infierno y los fragmentos paupérrimos que conforman mi realidad presente. Y ahora, como un perro abandonado, me postro ante los asesinos de mi estirpe. Aquel sádico dios que ofrece con una mano y arrebata con la otra. Sus ministros prometen el paraíso, pero sé que no hay esperanza a la sombra de la cruz. Es pérfida y traicionera, como la lengua de sus portadores; un negro augurio de tiempos que han de venir arrastrando consigo la guerra, la agonía y la condenación de cuantas almas encuentren a su paso.

Lo recuerdo todo, siempre en mis sueños, en mis horas más oscuras. Recuerdo la fría nieve de Diciembre, con su albina pureza profanada por el calor de la sangre...


viernes, 10 de abril de 2015

Querido John

John, querido John. Aún conservaba parte de su singular belleza y el amor que ella sentía por él apenas había comenzado a extinguirse. Lo amaba, sabía que no debía hacerlo, pero lo amaba. Él ya no era su John, había dejado de serlo en el mismo instante en el que le rebanó la garganta de un mordisco. La sangre manaba a borbotones de su cuello mutilado a bocados y se estaba ahogando en su propio líquido vital. Tendida en el suelo sobre un charco de su propia sangre, contemplaba sus ojos ahora vacíos y muertos. Había sido el amor de su vida y ahora... no era más que un mero trozo de carne muerta que por alguna extraña razón aún se mantenía en pie. En pie y sediento de sangre. Extendió su mano e intentó pronunciar su nombre. En su cabeza resonaba el nombre de John, pero a su boca solo acudían las gárgaras sanguinolentas de una moribunda con el cuello desgarrado. Apelando a los sentimientos de un cadáver, acarició con la mano extendida la piel muerta de su rostro. Sólo quería un último deseo, un último beso de su querido John. Él agarró suavemente la mano de ella mientras sus dedos resbalaban por su rostro y se quedó ensimismado contemplando como la luz se apagaba en sus ojos azules. Había entendimiento, había amor en el corazón inerte del cadáver de su esposo. O eso quiso ver ella, puesto que con un rápido movimiento él la agarro por la muñeca de forma violenta y acercó sus labios secos y ensangrentados a la boca de ella, transformando el suave beso en una pasional dentellada que que desgarró y arrancó de cuajo su labio inferior. No podía gritar, la agonía era intensa, eterna, asfixiante como ahogarse en un puré espeso, cálido y rojizo. Sólo podía llorar, emanar sangre por los ojos como si el infierno se hubiese desatado dentro de su cuerpo. Una fracción de segundo después, simplemente allí tendida se ahogó en su propia muerte.

Y es que amar a un zombie puede llegar a costarte sangre, sudor y lágrimas...

domingo, 18 de mayo de 2014

El Amor de una Madre

Estaba el sepulturero arreglando el cementerio, manteniendo los útiles que existían. Ensimismado en su trabajo cuando, de golpe, escuchó una voz de mujer. Era una voz suave, melódica, la percibía como un susurro. Miró hacia dónde provenía la voz, pero no vio a nadie. Con su cabeza levantada lanzó una mira atenta intentado escudriñar el horizonte del cementerio, pero allí entre las lapidas no logró ver nada. El atardecer llenaba todo con sus anaranjados destellos otoñales, su hora de trabajo tocaba a su fin, de modo que continuó con sus quehaceres próximos a concluir. De pronto volvió a escuchar aquella voz, esta vez más intensa y clara, más reconocible. No había duda, era la voz de su querida madre, su madre muerta hace más de ocho años. Lo llamaba angustiada, gritaba su nombre. En ese mismo instante el sepulturero dejó caer toda las herramientas que tenía en la mano y comenzó a correr entre el laberinto de lápidas. «Madre, madre», gritaba desesperado intentado encontrar el origen de tan fantasmales palabras d su madre fallecida. Hasta que por fin localizó el lugar del que provenían. Empujó la losa para dejar al descubierto la fosa del enterramiento y en un alarde de locura reventó la caja de pino descubriendo para su sorpresa que aquella tumba estaba vacía. Una mueca de enfermizo asombro de dibujó en su rostro, aquella era sin duda la tumba de su difunta madre, pero no había rastro alguno del cadáver.

En esos instantes, el ocaso se había apoderado de todo el cementerio y la noche comenzaba a oscurecer toda visión. Temiéndose lo peor, el sepulturero agarró su linterna y comenzó a investigar el lugar. No era la primera vez que algunos vándalos o algo peor profanaban alguna tumba y sentía que, siendo él el guardián del camposanto y más aun siendo el cuerpo de su madre, no iba a dejar que aquellos desgraciados se saliesen con la suya. Comenzó a recorrer las calles que formaban las lápidas intentando ver en la oscuridad con su linterna, cuando de nuevo volvió a oír la voz de su madre que lo llamaba desde la ultratumba. «Gabriel, hijo mío, ayúdame, está oscuro y frío. Ayúdame, mi pequeño Gabriel», decía aquella dulce pero angustiosa voz. Corrió a través del cementerio, estaba fuera de sí, completamente perturbado por aquella horrible experiencia. Corrió a través de la oscuridad hasta que sus pasos y la voz le condujeron de nuevo hasta la vieja lápida abierta de su madre. Pero esta vez había algo distinto ahí, levantó la linterna para alumbrar la oscuridad del foso mortuorio y allí estaba, el cadáver putrefacto de su madre, devorado por gusanos e insectos.

«Ven hijo mío, está frío y oscuro, acompáñame en mi soledad», le susurraba la voz. Sin duda había perdido el juicio, trabajar con muertos lo había trastornado. Había profanado la tumba de su propia madre preso de su maldita locura, y allí se encontraba ahora, frente al cadáver frío e inerte. No estaba dispuesto a dejar las cosas por concluidas de aquella manera, así que se dispuso a cerrar la lápida de su madre. Empujó con todas sus fuerzas a la vez que tenuemente susurraba: «Adiós madre, perdóname». Justo antes de que una fuerza extraña e invisible lo empujase dentro de la tumba y cerrase la losa tras de sí. Cayó de lleno contra el polvoriento cadáver infestado de gusanos. Gritando sin parar, arañando inútilmente la losa de mármol que lo mantenía prisionero, mientras que todos aquellos insectos de la tierra le recorrían el cuerpo y se metían por si ropa. La linterna alumbraba el cadáver putrefacto y el rostro descompuesto de auténtico terror que el sepulturero manifestaba. «Nuestra soledad ahora será una sola», susurró la dulce voz de su madre, mientras lentamente la carne del cuerpo de su hijo iba siendo devorada por gusanos, larvas y escarabajos. Hasta qué la luz de la linterna término por extinguirse, junto a los gritos ahogados del sepulturero que eran capaces de escucharse incluso desde el otro lado de la tumba.


jueves, 15 de mayo de 2014

Síntomas de oscuridad

Durante la década de 1980 una oleada de suicidios sacudió la costa sur de Gran Bretaña. Los suicidas, personas corrientes sin ningún tipo de problema económico, social o psicológico, eran encontrados muertos de las más diversas formas posibles; ahorcados o con las venas rajadas eran las formas más comunes, pero incluso se llegaron a encontrar casos de automutilaciones severas y miembros cercenados en auténticos ataques de locura espontanea.

Las autoridades tomaron cartas en el asunto para que una noticia de esa envergadura no crease un auténtico escándalo y provocase el pánico. Los periódicos y las agencias de telecomunicaciones fueron informadas por orden expresa del gobierno de no emitir noticia alguna al respecto, mientras que los médicos achacaban al estrés y a la crisis económica los horribles y sangrientos sucesos. Se llevó a cabo una censura sistemática de todo lo ocurrido, por lo que esta historia no ha podido ser descubierta hasta hace relativamente poco tiempo.

Uno de los suicidas no logró culminar su tentativa por cuanto que fue descubierto con las venas de las muñecas abiertas. Casi muerto fue trasladado de urgencia al hospital y de ahí a una conocida e importante institución mental británica para que su caso fuese estudiado en profundidad. El doctor en psiquiatría y experto en trastornos mentales crónicos, David Fischer, fue el designado para para llevar a cabo la “investigación” con el paciente suicida que recibió el nombre de John. (Nombre real omitido).

Los primeros días fueron un rotundo fracaso en cuanto a conclusiones científicas sobre el asunto. El paciente se negaba a hablar y a comer, por lo que tuvo que ser monitorizado y alimentado por vía intravenosa. Pero al cabo de unas semanas comenzó a abrirse al Dr. Fischer. Al parecer, el paciente había sufrido una serie de visiones y percepciones auditivas. Como un sonido de canicas cayendo a través de las paredes de su casa por la noche, la sensación de sentirse observado o la visión repentina de sombras nocturnas que se movían por los rincones de su cuarto. A veces, afirmó el propio paciente, estas sombras tomaban formas, rostros de personas o animales, otras en cambio se manifestaban deformes contemplándole desde los rincones de su dormitorio o entre la oscuridad de su hogar cuando este caminaba d noche por sus pasillos. O incluso se aparecían en sueños. El suicida afirmaba que a veces se aparecían a los pies de su cama y se le quedaban mirando con rostros muertos y deformes, mientras que otras veces le susurraban cosas al oído mientras dormía. Cuando el Dr. Fischer preguntó cuáles eran las palabras que aquel ser le susurraba, John no respondió.

El psiquiatra estaba convencido que aquello se trataba de algún tipo de esquizofrenia o de delirio colectivo, no era la primera vez que se enfrentaba a un caso de alucinaciones masivas, aunque nunca habían afectado de esta manera a los individuos hasta conducirlos al suicidio. Pero simplemente era una cuestión de tratamiento y medicación para acabar con el problema, de modo que aquella noche dejó descansar a su paciente.

Al día siguiente, todo el sanatorio se despertó con el sonido de la alerta roja. El Doctor fue llamado de urgencia para acudir a la sala monitorizada donde se encontraba John. Al parecer los sistemas de vigilancia habían sido desconectados sobre la media noche. Nadie se explicaba lo ocurrido, pero sobre la cama ensangrentada yacía el suicida con todas las venas de las muñecas rajadas, apuñaladas por la propia aguja que le daba de comer. El Dr. Fischer sólo llegó a tiempo para oír como el suicida decía: “Debo hacerlo o vendrá a por mí”.

Este caso ha permanecido oculto durante más de treinta años y es ahora cuando salen a la luz los terribles informes de aquellos años y las décadas que los siguieron. Las pruebas hablan de que hubo otros casos similares, no sólo en Reino Unido, sino también en EEUU, Alemania y otros muchos países. Suicidios inexplicables, personas que afirman haber tenido experiencias extrañas por las noches y muertes repentinas de las formas más cruentas. Este fenómeno se ha ido registrando a lo largo de todo el mundo y los síntomas son similares. Un sonido de canicas o de repiqueo en el interior de las paredes por la noche, la sensación de sentirse observado, sueños extraños o incluso la visión de sombras que nos miran desde los pies de la cama o desde los rincones de nuestra habitación en la oscuridad. Síntomas que generalmente preceden al suicidio o la automutilación. 

Y aún a día de hoy no se sabe cuál es el causante de este fenómeno. Algunos expertos afirman que es algún tipo de enfermedad mental que se trasmite de unas personas a otras. Otros afirman que se trata de algún tipo de intoxicación. Incluso existen quienes creen que todo es debido a esos seres que los suicidad afirman ver antes de acabar con su propia vida. Lo cierto es que es un asunto complejo que se lleva en secreto. Ningún médico hablará de ello de forma oficial y cualquier intento de mencionarlo en medios de comunicación es censurado de inmediato. En la mayoría de los casos achacan estos suicidios a la crisis económica o en otros casis dicen que son muertes naturales. Los gobiernos han creado una autentica conspiración sobre este tema y la realidad es que hay algo oculto detrás de este fenómeno.

Si tú o cualquiera de tus conocidos ha experimentado estos síntomas, por favor no dudes en darlos a conocer. Que tu caso o la muerte de algún conocido sirva para dar explicación a este extraño suceso. Y que el mundo entero conozca lo que de verdad está ocurriendo y nos quieren ocultar.


martes, 13 de mayo de 2014

El Abrazo

Siempre había sido una persona triste y solitaria. No se molestaba en aparentar falsa felicidad y aunque la mayoría del tiempo se mostraba implacable en su soledad, ansiaba el calor humano de la compañía. Soñaba con besos irreales de una dama imaginaria, con el amor que nunca llegaría a su vida; se moría por un solo abrazo suave y sensual. Sin embargo, los dioses son crueles y caprichosos; algunas veces cumplen aquello que deseas. Curiosamente fue un abrazo lo que lo condujo a su perdición. Un abrazo tortuoso, apretado y apurado hasta el cuello. Obsceno y vertical trazó su testamento vacío entre gemidos ahogados. Hasta que su vida culminó de aquella manera, arrancada por los brazos de piel de soga de una dama llamada Muerte.



jueves, 24 de abril de 2014

Ganador del certamen literario: Nada para el Recuerdo

Aquí tenéis el microrrelato ganador del certamen literario del 23 de Abril en la UCLM:

“El día de su funeral fue especialmente soleado. Siempre imaginó que incluso el cielo lloraría su ausencia, pero en aquel lugar no había tristeza, ni sollozos. No había pesadumbre. No había nada. La fosa se abría paso desde la yerma superficie hasta las entrañas inconscientes de la tierra, como una metáfora macabra de su propio vacío existencial. Y aún a pesar del sopor mortuorio, su ahora inerte vida se deslizaba frente a las cuencas huecas que tenía por ojos.  Fotograma a fotograma iban formando una película apagada y mediocre. Una existencia vacua, una melodía que se atenuaba a medida que el silencio y el olvido lo devoraban todo. Entonces despertó, abrió los ojos y recordó. Recordó que aún estaba vivo.”

viernes, 18 de abril de 2014

La Historia de la Luna

Alguna vez nos hemos preguntado todos cual es la historia de la luna, ¿Por qué brilla en las noches con diferente forma e intensidad? ¿Por qué siempre a su lado hay un estrella que brilla más que ninguna otra? La luna tiene una historia, una leyenda repleta de magia y amor, un cuento que dice así...


En las noches de luna llena, antiguas historias cuentan, que el viento vaga entre las sombras de hojarasca y los verdes troncos del bosque, arrastrando en su haber las dichosas palabras, con las que un día un caballero logró enamorar a la propia luna.

Cuentan que en la noche de los tiempos, cuando los hombres no eran hombres y los lobos aún aullaban desde los bosques, la bella luna desplegaba su fulgor argenta iluminando con él el cielo nocturno. Era bellísima, como la luz del día a través del ramaje del bosque y también era pura, como las gotas cristalinas de lluvia sobre las flores. Ella, la luna, era perfecta, mas no tenía todo en su haber. A su lado faltaba el amor de quien compartiera sus noches. Muchos fueron los suplicantes que aspiraron a conquistar tal belleza de plata: Las aves nocturnas que volaban alto en el cielo soñaban con alcanzar su resplandor, pero todo intento era inútil. Los osos de las montañas querían obtener uno solo de sus besos, pero nada de ello podían conseguir. Y los lobos, los más nobles de los seres del bosque, peleaban entre si y competían por quien sería el valiente guerrero que embaucaría a la luna. ¿Quién sería digno de tan alta recompensa? ¿Quién lograría alcanzar la victoria y lograr un lugar al lado de la bella luna?

Según avanzaban los días y con ellos las estaciones, el resultado parecía más esquivo, más oscuro cada vez. Desesperada la luna por no poder encontrar un digno pretendiente, comenzó a resentir la frecuencia de sus salidas nocturnas. Al principio todas las noches brillaba llena con su mágico resplandor. Después comenzó a dejarse entrever a veces, a ocultarse otras tantas y a desaparecer del cielo completamente otras pocas. Con el tiempo, sólo una vez al mes la luna aparecía completamente llena en el cielo nocturno, de modo que sus eternos pretendientes también comenzaron a perder su interés. Las aves dejaron de volar tan alto, los osos ya no escalaban las altas cumbres aspirando a sus besos. Y los lobos habían dejado de luchar por ella, llegando sólo a aullar cuando la luna se mostraba plena y luminosa en la noche.

Mas hubo uno que resistió, un joven lobo de la manada del colmillo roto, quien todas las noches, aun cuando la luna no se mostraba presente, aullaba desde lo alto de la roca del acantilado gris. Todas y cada una de las noches lanzaba su grito al viento esperando que la luna oyera su suplica, una canción cantada entre aullidos que rogaba el regreso brillante de la dama de plata. Aquel joven lobo fue el elegido, aquel que no desistió de su empeño de conseguir su brillante amor. La luna comenzó a fijarse en él, noche tras noche, brillando por él, iluminando la oscuridad por él y escuchando su eterna balada de amor. Se fue a enamorar de aquel lobo soñador, rebelde e incansable. Se enamoró perdidamente de él y tanto fue así que permitió que aquel noble ser se uniese a ella en los cielos, compartiendo sus abrazos resplandecientes, sus besos de plata y sus noches de pasión. Y dicen que desde aquel entonces brille o no la luna en el cielo, resplandezca poco o mucho, siempre hay una estrella brillante a su lado. Su lobo fiel que nunca desistió, su amante eterno. Su guardián nocturno. Siempre suyo.

Dedicado a mi Luna, la más brillante de las damas nocturnas y única dueña de mi corazón. Tu símbolo es una luna con una estrella. Esta es la explicación de donde viene ese símbolo y todo lo que eso significa. Es tu historia ,)

domingo, 13 de abril de 2014

Cabeza de Ciervo

Había sido un día largo y difícil, el último de una semana llena de contratiempos. Sin embargo, al llegar a casa tomaba una cena ligera, un baño caliente y se acostaba en la oscuridad de su cuarto, sólo eso bastaba para sentirse mucho mejor. Pero algo había distinto aquella vez. Su siempre cálido y seguro dormitorio era distinto, tenía una extraña sensación. Allí, tendido sobre su propia cama, arropado con sus suaves sábanas se sentía extrañamente observado. Sentía frío, sentía que no estaba solo. Sentía como su una presencia estuviese compartiendo su habitación. Alguien, algo había con él en algún lugar oscuro de su dormitorio.

Giró su rostro sin apenas cambiar de posición sobre la cama y lo vio por primera vez. Permanecía inmóvil y silencioso en uno de los rincones de su cuarto, contemplándolo atentamente desde la oscuridad. Una figura que se erguía envuelta en un raído sudario funerario a modo de túnica, sin dejar que parte alguna de su anatomía se escapase de la negrura de sus vestimentas. No tenía rostro, en su lugar había un desgastado cráneo de ciervo que se erigía como el único punto que no era devorado por las tinieblas; como un espectro de marfil que flotaba en aquel rincón de su dormitorio. Aquel ser lo observaba. No tenía ojos, tan solo dos huecos vacíos sobre la calavera del animal, pero lo observaba fríamente sin realizar ningún movimiento.

Su corazón se encogió dentro de su pecho al contemplar la funesta figura y su aliento se volvió helado y tembloroso. Se retorció entre las sábanas de su cama ante aquella horripilante visión espectral y acudió a encender la luz de su lámpara de noche como primer acto involuntario. Su cuerpo corroído por el miedo tiritaba descontroladamente y casi calló muerto cuando la luz iluminó su cuarto. Pero allí sólo estaba él y su propia sombra, causada por el foco de luz sobre su mesa de noche, que ahora se proyectaba en el rincón.

-Sólo ha sido una pesadilla-. Se dijo a sí mismo mientras observaba detenidamente cada recoveco de su cuarto. Buscaba desesperadamente una respuesta, una explicación inexistente. Aquel lugar simplemente era su dormitorio, eso y nada más. Sin embargo no era capaz de evitar esa sudoración fría recorriéndole la nuca, ese escalofrío a través de su médula y esa angustiosa sensación de tener una mirada clavada tras de sí. Allí sólo estaba él, a solas con sus pesadillas. Quizás solo fuese eso, una simple pesadilla, pero fue incapaz de apagar la luz antes de recostarse de nuevo sobre la cama. Y aún más difícil fue conciliar el sueño después de aquel suceso.

El nuevo día llegó por la mañana y con él la luz del sol a través de su ventana. Había pasado la noche entera sin dormir, alerta y con los ojos abiertos de par en par. Y ni siquiera con los rayos del sol había desaparecido esa sensación fría de su cuerpo. Apenas comió durante aquel día. En su trabajo se mostró torpe y lento, casi parecía como si realizar las labores diarias con lentitud fuese a retrasar la llegada del ocaso y de la noche. Pero finalmente llegó a su destino y se encontró de nuevo allí, tendido sobre su cama, con unas importantes ojeras y un aún más impresionante miedo a la oscuridad.

-¿A la oscuridad?-. Se preguntó a sí mismo. –No, a aquello que habita en la oscuridad-.

Tenía miedo de aquello que podría emanar de las sombras, tenía verdadero pánico a apagar la lámpara de su mesilla. Sentía como si aquella pequeña luz fuese lo único que le protegía de él, de cabeza de ciervo.

-¿Cabeza de ciervo?-. Era increíble, su propio inconsciente le había dado un apodo a aquella pesadilla. Y aún con nombre, aquel ser no dejaba de inmiscuirse en sus pensamientos y perturbar su mente. Necesitaba descansar, ningún hombre puede vivir sin dormir, de modo que realizó un formidable acto de coraje y apagó la luz. Quedando tumbado de espaldas a aquel fatídico rincón de su cuarto. No estaba dispuesto a darle ni una sola oportunidad a aquella pesadilla.

Pero pronto comenzó a sentir esa sensación de sentirse observado. Era como si sintiese su presencia en su espalda, acercándose lentamente. Más y más cerca cada vez. No podía con ello, no era capaz de resistir. Giró lentamente todo su cuerpo hacia la temida oscuridad esperando encontrarse con lo inevitable. Abrió los ojos lentamente y contempló lo que se ocultaba tras las sombras de su cuarto: Nada. No había nada en aquel rincón. Estaba vacío. Respiró aliviado durante un segundo, sin duda solo había sido una ridícula pensadilla. No había nada en la oscuridad. Por un momento se sitió ridículo por haber pensado que tal vez algo lo observaba. Se sintió infantil e inocente, sonrió por ello y volvió a girarse para volver a la posición original. Era hora de volver al descanso.

Giró sobre sí mismo hasta que su visión lo hizo saltar sobre el colchón de su cama. Allí estaba, al borde de su cama. Ese cráneo de ciervo envuelto en una túnica negra, contemplándolo, acechándolo. Gritó, se convulsionó, su corazón latía más rápido que nunca mientras que su cuerpo permanecía inmóvil presa del pavor. Aquel ser se limitó a extender una pálida mano a través del sudario, llevándose el dedo índice a la boca de la calavera, realizando un siniestro gesto de silencio.

Lo sabía, una parte de él sabía que se encontraría a la vuelta con aquella criatura fantasmal. Quizás esa parte de su mente oscura y perturbada que había bautizado al espectro. Durante un segundo su cuerpo pudo reaccionar quedando libre de las ataduras del miedo, acudiendo casi de forma inconsciente a la lamparilla de luz sobre su mesilla. Sin apartar la mirada de aquel cráneo de ciervo, sus manos agarraron el interruptor logrando iluminar de nuevo las tinieblas de su dormitorio. Sombras, sombras se repartían por todos los rincones, pero ni rastro de su espectro, nada quedaba ya de cabeza de ciervo. Había desaparecido bajo la luz de su fiel lámpara de noche.

El nuevo día se sucedió de forma análoga al anterior. Pasó la mayor parte del tiempo con la mirada perdida, vagando en un debate interno. Trataba de convencerse a sí mismo de que aquello no era real, que tan sólo se trataba de una pesadilla, una mala pasada de su mente. Sin duda se trataba de algún problema psicológico de causa desconocida. Eso era lo que quería pensar, pero la realidad era que había pasado dos noches sin dormir y que no podría aguantar mucho tiempo más evitando las garras de Morfeo. Y tal como temía, la noche llegó de nuevo. Por tercera vez se encontraba en su cuarto, iluminado por la luz de la lamparita sobre su mesilla y sumido en un mar de dudas, miedos y terrores nocturnos.

Tenía miedo que quedarse dormido, de bajar la guardia y dejar vía libre para que aquel ser se apoderase de su cuerpo. La luz que emanaba de su mesilla de noche era una barrera que le protegía de sus peores pesadillas, pero fuera e aquel foco de luz todo eran tinieblas. No podía dormir, no podía apagar aquel punto luminoso, no podía afrontar las sombras de su cuarto. Se encontraba totalmente perdido. La oscuridad lo acechaba, el miedo se apoderaba de él, su corazón se encogía y casi sentía como le faltaba el aire de los pulmones, la atmosfera de su cuarto era asfixiante.

A medida que avanzaban las horas el sueño se iba apoderando de él. La luz que emitía la lámpara se mantenía intacta, pero sus ojos lentamente iban cediendo a un espectro mucho más poderoso que el miedo, un fantasma inconquistable: El sueño. Cerraba los párpados para luego volver a abrirlos de golpe, cada vez con una cadencia menor, hasta que finalmente calló en los brazos del dios del sueño, cayó en la oscuridad profunda de la mente dormida.

Cayó en la imperturbable oscuridad donde ninguna luz es capaz de brotar. Cayó y se enterró en lo profundo de sus pesadillas, hasta las raíces mismas del terror. Y allí lo vio, frente a sí, inmóvil, inerte, con aquel raído sudario y aquella calavera de ciervo por cabeza. Lo vio en aquella versión deformada y tenebrosa de su propio cuarto. Su mano se apartó intencionadamente del interruptor de la luz, sabía que no había lugar para la luz en aquel reino. Por un instante no sintió miedo cuando aquel ser se acercó lentamente a arroparlo con su mando ennegrecido por lo siglos. Sólo sintió el abrazo insustancial, frio y silencioso de la muerte, el abrazo sepulcral y eterno de cabeza de ciervo. Se entregó a un sueño de oscuridad y muerte del que jamás despertaría. Del que jamás despertó.

Y es que las viejas historias cuentan que hay veces en las que el espíritu de la muerte se aparece a aquellos destinados a morir. Un espectro de angustia y agonía que te observa desde algún oscuro rincón de tu hogar. Aquellas imágenes que se ocultan tras los espejos, el fantasma invisible que se esconde bajo la cama. El aliento gélido que hace mecer las cortinas cuando no sopla brisa ninguna, la figura que temes encontrarte mientras caminas por los oscuros pasillos de tu casa. O simplemente la visión horripilante de aquel ser observándote desde la oscuridad de tu dormitorio. Acechando tus sueños, envuelto en un sudario negro y coronado por un cráneo de ciervo. Cada noche más cerca de ti, cada hora, cada segundo más cercano a tu final. Te hace sentir esa sensación de sentirte acompañado en la oscuridad de la noche. Adelante, ¿Puedes verlo? Atrévete a buscarlo. ¿Puedes apagar la luz? Atrévete a mirar en los rincones oscuros de tu cuarto.


domingo, 6 de abril de 2014

Abajo entre los Muertos II

-Té-. Respondió fríamente.
-Perdón, ¿Cómo dice?-.
-Tomo té no café, señor…-. Aclaró el forense dirigiéndose a la entrada de la sala.
-Andrew, señor-. Respondió un tanto avergonzado. –Lamento la informalidad de mi actitud, señor Doyle, pero pensábamos que si volvía a casa querría sentirse integrado desde el primer momento-. Añadió mostrando un gesto de excusa.
-“Pensábamos”, ¿Quiénes?-. Preguntó inquisitivamente clavando sus ojos azules en los de su nuevo compañero de trabajo.
-Bueno, verá señor Doyle, todos…-. No pudo evitar lanzar una furtiva mirada al color anaranjado del cabello del forense. –Todos hemos leído el informe sobre su persona; los datos del traslado, su carrera… ya sabe, sana curiosidad de médico forense-. Una falsa y complaciente sonrisa se dibujó sobre sus labios.
Sospechó durante unos breves segundos que ese “todos hemos” más bien se refería a un “yo he”. Al fin y al cabo era sana curiosidad de forense, algo que él comprendía perfectamente.
-Ah, ¿Es usted forense?-. Su mirada se volvió seria, como un lobo jugando con su dócil presa.
-Sí señor Doyle, soy forense auxiliar, bajo su mando señor-. Una extraña sudoración fría comenzó a apoderarse de él mientras pronunciaba aquellas palabras.
Durante un breve instante, Doyle volvió la cabeza lanzando un rápido vistazo a aquella bolsa para cadáveres. El susurro había desaparecido, aquel malsano zumbido que tanto lo atormentaba se había esfumado. Ahora sólo era lo único que siempre había sido, un cuerpo muerto cubierto de plástico negro. Giró de nuevo el rostro hasta su compañero y le dedicó una sonrisa sincera. Una sonrisa impulsada más por la liberación de la obligación de abrir aquel sucio trabajo, que por haber conocido a un simpático subordinado.
-No me llame señor, soy más joven que usted, Andrew. Mi nombre es John, encantado-. Respondió al fin mientras le estrechaba a la mano al perplejo auxiliar. –Y le agradecería que se guardase su curiosidad y sus investigaciones para los cadáveres-. Su tono sonaba serio, pero no amenazante. No lo juzgaba, no podía hacerlo. Sabía cuan territoriales podían llegar a ser los forenses y él hubiese hecho lo mismo si un nuevo médico se fuese a instalar en su territorio. Pero tenía que guardar las apariencias sobre su privacidad. Al fin y al cabo era un profesional.
-Tomemos ese té, Andrew-.

La morgue y sala de autopsias se encontraban al final de un largo y monótono pasillo. Apenas una hilera de focos fluorescentes, los conductos de ventilación y enfriamiento y la siempre sutil advertencia que da la propia pared cuando transforma su yeso grisáceo en azulejos color desinfectante. Llegó tan rápido, tan absorto por su necesidad de trabajar que apenas se dio cuenta de los pequeños detalles que de cualquier otro modo jamás se le habrían escapado. El tenue titileo de algún fluorescente, el olor rancio a productos químicos y la siempre sobrecogedora y desagradable sensación de sentirse destemplado. Fuese donde fuese, esa sensación siempre estaba allí. Concordaba a la perfección con la bata color hueso de Andrew, con las abundantes canas que empezaban a crecer en su pelo moreno y con el azul pálido de sus ojos.

Giraron a la derecha, el pasillo continuaba de la misma manera, a excepción de unas cuantas puertas que se abrían a ambos lados del mismo. Almacenes de pruebas, productos químicos y sólo Dios sabe que más se ocultaría en los sótanos de una central de policía.

-Acogedor, ¿Eh?-. Bromeó Andrew para romper el silencio que se había creado desde que salieron de la morgue. –La primera vez que puse un pie aquí me puso los pelos de punta. ¿Sabe esa sensación…-.
-Posiblemente sea el último lugar en que alguien pensaría para encontrar refugio-. John le interrumpió. –Y sin embargo yo me siento seguro aquí. Estamos solos aquí abajo, entre los muertos, si no le incomoda la presencia de los fallecidos, claro. Con el tiempo uno aprende a temer más la presencia de los vivos, que la de los propios muertos-.
Andrew asintió condescendientemente y John mostró un indiferente gesto de complacencia. Aunque ninguno de los dos quisiese saber en qué pensaba su compañero.
El final del pasillo desembocaba en un ascensor para ascender hasta la comisaría y los distintos despachos y departamentos de la policía de Glasgow. Un viejo montacargas que servía para tanto para transportar trabajadores como trabajo. Ambos se plantaron frente a sus puertas mientras Andrew comprimía el botón de llamada.
-Oiga, John, ¿puedo hacerle una pregunta?-. Dijo volviendo la cabeza hacia su nuevo jefe.
-Adelante-. Respondió sin apartar la mirada de las compuertas del elevador.
-Lo cierto es que he estado leyendo su informe, respecto a aquel incidente en Belfast y…-.
-¿Por qué se metió en esto?-. Volvió a interrumpirle. -¿Por qué decidió que la medicina forense sería lo suyo?-. En ese mismo instante el timbre del ascensor sonó y ante ellos se abrieron las puertas metálicas.
Durante unos segundos ambos se quedaron mirándose en silencio frente al hueco vacío que se había abierto en frente. John con su mirada fija, clavada en los ojos de Andrew. Su compañero con unos ojos temblorosos y dubitativos intentando huir su mirada.
-Justicia-. Respondió al fin. –Es una forma de hacer justicia a quienes ya no tienen voz-.
John colocó su mano sobre el hombro de su subordinado y lo empujó suavemente junto a sí dentro del ascensor, apretando al botón que los elevaría hasta la sala superior.
-A veces, para dar voz a quienes la han perdido, hay que sobreponerse a las circunstancias-. Para cuando hubo pronunciado la última palabra, las puertas se habían cerrado y ambos se elevaban hacia su nuevo destino dentro del edificio.

La sala de ocio para el personal se encontraba en la primera planta del edificio. Un pequeño cuarto con una mesa junto a un par de sillas viejas. Una cafetera un tanto usada, un microondas y unos cuantos elementos comestibles que no tenían muy buena pinta. El toque final lo daba el efecto luminoso que causaba la ya de por si escasa luminosidad escocesa proyectándose a través de la ventana e iluminando un mapa de Glasgow colocado sobre la pared de la sala. Casi como estatuas inmóviles permanecían en su interior dos individuos con corbata y aires de pasividad, disfrutando de una taza de café de mala calidad.

Al entrar en el cuarto de ocio, aquellos dos hombres a penas se inmutaron, como si el asunto no fuese con ellos.
-Estos son los inspectores Patrick Craig y Gibbs McKenet. Inspectores, este es el nuevo forense jefe, el doctor John Doyle-. Casi parecía entusiasmado al decir aquello.
-Hola, ¿Qué hay?-.
-Encantado-.
Aquello confirmaba la teoría de John sobre que Andrew era el único que había sido lo bastante astuto como para comprobar el historial de su nuevo compañero de trabajo. O tal vez lo suficientemente estúpido como para ser el único en delatarse a sí mismo.
-Encantado, señores-. Respondió John mientras se acercaba a estrecharles la mano.
Justo en ese preciso instante la puerta de la sala se abrió tras de ellos, dejando entrar a una mujer rubia con uniforme de trabajo, paso decidido y actitud extrañamente agresiva.
-¡Se acabó el recreo, muchachos, tenemos trabajo!-. Exclamó al entrar.
-Y como no, la siempre encantadora comisaria Kelly-. Añadió burlescamente Andrew, provocando que la recién llegada se dirigiese ante la pareja de médicos forenses.
-Ah, usted debe ser el doctor Doyle, el nuevo forense-.
-Si acabo de llegar y…-.
-Lamento no tener tiempo para presentaciones y protocolos, pero tenemos trabajo. Han hallado un cuerpo-. Fue extraño por un segundo que él fuese el interrumpido.
No estaba acostumbrado a tratar con una personalidad más fuerte que la suya.
-Y tengo un cuerpo esperando abajo, en el depósito-. Consiguió terminar la frase.
Por un instante todos le miraron extrañado. Era raro que alguien prefiriese pasar su tiempo trabajando en aquel frío sótano, antes que salir a la calle e inspeccionar con sus propios ojos la escena de un crimen.
-Por todos los santos, John, vaya a hacer algo de trabajo de campo, le vendrá bien. Yo me ocuparé del cuerpo de allá abajo. Al fin y al cabo soy el forense auxiliar.
Por un instante un flashazo le bombardeó el cerebro. Un escalofrió le recorrió toda la columna y no pudo evitar que la imagen de aquella bolsa negra de plástico tomase el control de su propia mente. Recordó aquellos susurros y el desagradable zumbido. Fue apenas una fracción de segundo, pero se quedó sin habla, incluso le costó pronunciar algo sin tartamudear.

-Pero yo…-.

viernes, 4 de abril de 2014

Abajo entre los Muertos I

La lluvia, la maldita lluvia. Uno jamás podía librarse de aquella malsana costumbre que tenía el cielo por empaparlo todo constantemente. Ni siquiera los difuntos se libraban de su húmedo y pegajoso toque, pensó mientras contemplaba la delicada película de humedad que cubría aquella bolsa para cadáveres. Apenas habían pasado unas horas desde que había llegado a la ciudad, ni siquiera tuvo tiempo de instalarse, cuando el deber reclamó sus servicios. Un servicio para con los vivos y un deber para con los muertos. Al menos pensó que sería su credo cuando decidió estudiar medicina forense en la universidad de Glasgow.

Ahora había vuelto a sus raíces, a su Escocia natal y sin embargo se encontraba allí plantado, frío e inmóvil, frente a un cuerpo aún más frío e inerte. No es que fuera muy distinto del lugar del que venía. El mal tiempo era un mal endémico en todo el Reino Unido y los hombres tenían la mala costumbre de fallecer tanto aquí como allá, independientemente de todo lo demás. Quizás por eso no sitió esa especial calidez al volver a su hogar, porque durante estos años la morgue se había convertido en su nuevo hogar. Y esta tendía a ser todo salvo cálida.

Habían pasado casi 15 años desde el fallecimiento de su madre y desde entonces aún su muerte seguía siendo un interrogante constante en su vida. Quizás fue aquello lo que le impulsó a estudiar aquella profesión. Sentía que tenía un compromiso; hacer justicia a los muertos y dar descanso a los vivos. Y hasta entonces había cumplido intachablemente con su obligación, tanto incluso que en apenas cinco años había sido trasladado y ascendido a forense jefe del departamento de policía de Glasgow. Indudablemente parecía como si tuviera un don para entender a los muertos.

Sin embargo, ahora en su ciudad natal, se sentía extrañamente impotente frente a aquella bolsa fúnebre. Los recuerdos le jugaban malas pasadas, sentía un millar de pensamientos gritando de locura dentro de su mente e incluso se sentía un tanto mareado ante la sola perspectiva de abrir aquel recipiente de plástico y encontrar su rostro pálido dentro. No podía afrontarlo, era algo que encogía su corazón y le daba nauseas. Incluso sentía como si un extraño zumbido, como un susurro, emanase imperceptible de aquella bolsa negra. 

Lo llamaba, lo atraía hacia sí. Era repulsivo pero a la vez atrayente. Sentía que debía abrir la bolsa, sentía que debía enfrentarse a algo. Se acercó lentamente extendiendo su mano sobre la cremallera de metal frío. Por alguna razón su corazón latía a un ritmo demencial, bombeando sangre a todo su cuerpo. Latía, gritaba dentro de su pecho y aquel susurro se intensificaba. Se acercaba más y más. Agarró la cremallera y un sonido seco y duplicado le sobresaltó.

-El doctor Doyle, supongo. No nos han presentado-. Dijo una voz extrañamente amigable a la vez que llamaba a la puerta entre abierta. –Oh, por el amor de Dios, acaba de llegar y ya está con trabajo, ahora entiendo cómo ha ascendido tan rápido-. Bromeaba para romper el hielo. –Venga a tomar un café y a presentarse. Ese trabajo suyo creo que… puede esperar un poco más, ¿No cree?-. Sugirió con una sonrisa complaciente.

jueves, 27 de marzo de 2014

Por Una Mirada...

Siempre había oído hablar de la refinada educación de los caballeros ingleses, aunque hasta entonces lo había tomado tan sólo como un mito. No afirmaría que aquel individuo fuese un caballero, pero desde luego sí que era inglés; su acento lo delataba, la palidez de su rostro hablaba por él y su gentileza no era propia de los comunes individuos alevosos de su profesión. Aquel hombre era distinto, o al menos lo parecía en la oscuridad de mi dormitorio. También su tono de voz sonaba afable y relajado cuando comenzó a hablar tras haberme sacado de mi sueño.

«Disculpe señora, pero hemos venido a robar. Sería tan amable de entregarnos todo su dinero y sus objetos de valor, por favor. Agradeceríamos que no gritara, eso sería muy desagradable para todos nosotros. Si coopera le prometo que ni usted ni su vivienda sufrirán daño alguno». Es curioso, en aquel momento hubiese jurado que trataba de flirtear conmigo, de no haber sido por el resto de sus compañeros y sus insidiosas miradas. Yo le sonreí, aun no sé por qué, pero le dediqué una bonita sonrisa y le respondí: «Por supuesto, si tienen la amabilidad de esperar unos minutos recopilaré todos mis objetos de valor». Lo cierto es que era imposible resistirse a los encantos de aquel apuesto asaltante nocturno. Tenía unas facciones perfectas, sin ningún rastro de cicatrices u otras marcas que pudieran enturbiar su belleza. Su cuerpo delataba a alguien apasionado por el deporte, era sin duda una complexión atlética, aunque la escondiera bajo aquella vestimenta oscura y cerrada. Y su mirada… era fría, azul y penetrante, como un vasto océano en calma. Tan sólo con mirarte era capaz de llevarte de su mano hasta el mismísimo infierno. Era dulce y hermoso y yo no quería romper la cortesía de aquel momento.

Recuerdo que el pulso le temblaba mientras sostenía el arma con la que me apuntaba. No alcanzaría a determinar por qué, pero recuerdo perfectamente esos temblores. Como ese nerviosismo al dar el primer beso, como esa tiritera que se apodera de ti la primera vez que haces el amor. Quizás aquella fuese su primera vez. Yo me mostré comprensiva: «No temas, todo saldrá bien, cielo». Dije para calmarlo mientras colocaba a oscuras sobre la mesa las joyas que había heredado de mi familia. Al ver todo aquel brillante metal áureo, aun a pesar de las tinieblas en las que se encontraba la estancia, se puso aún si cabe más nervioso. «Tranquilo cariño, relájate, lo estás haciendo muy bien». Le susurré con mi voz más dulce a la vez que me acercaba para regalarle mi abrazo. Pero algo me interrumpió, un sonido seco y sordo. El sonido de un disparo; de una bala dejando el cañón de metal y penetrando a través de la sangre y la carne. Y mi cuerpo se desplomó sin vida e impregnado de carmesí. En ese momento los recuerdos se hicieron borrosos, la memoria me falla. Pero sin duda recuerdo sus ojos fríos y azules. Recuerdo su mirada penetrante atravesando toda mi alma, esa mirada que al final logró arrastrarme al infierno.


martes, 26 de noviembre de 2013

Soldado de Dios

Una sonrisa se dibujó en su empapado rostro... pero, no era la seguridad falsa y arrogante que le proporcionaba su espada tintada en sangre lo que causaba su sonrisa, ni siquiera la casi blasfema maldición que profería su mirada al contemplar como el Infierno se desataba en la Tierra, sin duda, aquella era la vana sonrisa del loco desesperanzado frente a los ojos de la muerte.

A diferencia del árido y seco desierto, en aquel abandonado rincón del mundo la lluvia avasallaba la tierra de una forma violenta e imperecedera. Casi parecía que toda la enfangada superficie del suelo sobre la que erigían sus pies iba a sucumbir ahogada por aquella tempestad cruel e insaciable.

Sabía que aquello no era Jerusalén, había pasado mucho tiempo desde que dejara atrás la ciudad santa para caer en la condenación del tormento en vida. Pero, ¿Quien era él, no juez si no verdugo, para contrariar la voluntad de Dios? ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar por cumplir los designios divinos? Haría llover sangre infiel del cielo, para con paciencia esperar humildemente la recompensa eterna, la justicia universal. Pero aquellos no eran infieles, su tabardo blanco y embarrado aun portaba el emblema de la cruz negra, pero aquellos infelices... aquellos no eran paganos ni infieles, eran sus hermanos, eran iguales ante una misma fe y sin embargo la sentencia divina retumbaba en su mente; muerte para todos.

Dudó por un segundo, el trueno retumbaba en la distancia y el sonido de la lluvia era ensordecedor, pero él se mantenía sordo y ajeno a cuanto ocurriera a su alrededor. Sus dedos sostenían firmemente su herramienta de acero y muerte como si de una prolongación más de su cuerpo se tratara. Era casi grácil, con gran sensualidad, la forma en la que las diminutas gotas de agua resbalaban zigzagueantes a través del acero, tiñéndose escarlatas a su paso para precipitarse desde su afilada punta hasta el anegado suelo. Y justo en ese preciso instante en que una cota tinta en carmesí golpeó la tierra, cuando dudó; dudó de su cometido, dudó del precio de la vida, del coste de la muerte, dudó de Dios y de su infinito amor a sus hijos humanos... pero sobre todo, dudó de si mismo, de su propia voluntad que ahora se desmoronaba sobre el húmedo campo de batalla, ¿Era aquella forma de cumplir sus sueños? Aun cuando el olor a sangre y a masacre lo impregnaba todo, él se paró y dudó, tal vez el diablo había sembrado su semilla en él en ese preciso instante, pero bastó un segundo de reflexión para comprender la futilidad de toda una vida... y lloró, derramó sus lágrimas como un niño, como el cielo derramaba las suyas sobre la calada tierra. El peso de la vida, el beso de la muerte, en ese mismo instante su alma cayó, sollozante y desnuda, en el Infierno... y lloró como jamás lo había hecho.


martes, 19 de noviembre de 2013

Entre Agua y Vapor

El vapor del agua caliente se elevaba reduciendo los cristales a poco más que una maraña de niebla impregnada y abrazaba los cuerpos desnudos como un manto de humo, vago reflejo del líquido cristalino que fue. El agua caía sobre ellos como una cálida y dulce lluvia purificadora, mientras, tras el húmedo cortinaje, las manos buscaban desesperadamente encontrar algún pequeño fragmento de piel que acariciar sensualmente. Los besos se creaban y destruían en el mismo instante de sus concepción, era una simbiosis perfecta de dos bocas, de dos lenguas que se unían en una lujuriosa danza de amor, pasión y mucho deseo.
Aquellas caricias sabían donde buscar, conocían los secretos del placer y los caminos que desentrañaban los misterios de orgasmos prometidos aun por llegar. Y encontraban su ansiado premio al otro lado de varios centímetros de empapada piel. Lentamente pero con decisión acariciaban sus sexos en una orgía de la que solo ellos y sus profanos besos bajo el aluvión de gotas cristalinas eran cómplices.
El deseo dio lugar al placer y este pronto acabó por unir los dos cuerpos en uno solo, una única maquina generadora de intensas emociones. La piel se erizaba ante la sensación de plenitud. Ella sentía su cuerpo completo, lo sentía dentro de si y él podía captar esa unión con cada una de las profundas penetraciones que hacía en su templado cuerpo. Ambos se estremecían descontroladamente, mientras que el sonido del agua apagaba sus gemidos entre una cascada de vapor blanquecino y humedad pegajosa.
Se sentían parte el uno del otro, sentían como sus sexos se unían, como el éxtasis de la lascivia se hacía carne a cada una de las ahora violentas incursiones de él dentro de ella. Con cada nueva sacudida ella sentía vibrar cada fibra de su ser, nada más era capaz de sentir; ni el agua cayendo por sus suaves pechos, ni el aliento de él sobre su espalda, si siquiera los pequeños mordisquitos que sensualmente dejaba caer sobre sus hombros, no, solo sentía el trance hipnótico y el frenesí placentero de aquel momento, la unión perfecta.
El ritmo se aceleró de forma peligrosa, las convulsiones hacían presagiar el final de aquella maravillosa experiencia, al tiempo que los gritos se hacían tan fuertes y profundos que ni siquiera el ensordecedor sonido del agua cayendo era capaz de acallarlos.
De pronto, toda aquella húmeda escena llegó a su clímax, ella apagó sus gritos por unos segundos, contuvo la respiración de forma repentina y acto seguido dejó exhalar un sonoro gemido que se unió al que produjo de él. Habían luchado por esto y lo habían alcanzado, el premio final, un profundo, sensual y cálido orgasmo que se apoderó de sus cuerpos nublando totalmente sus sentidos externos.
Tras aquellos eternos y dulces minutos, ambos se mantuvieron juntos bajo el torrencial ataque del agua caliente y el poder del vapor sobre su piel, besándose, amándose, purificando sus almas en una eterna lluvia de finas gotas de cristal en un enorme mar de niebla.